
Por María José García Calderón
Un tipo está acostado sobre una mina. Si se mueve, vuela por los aires.
Alrededor hay dos ejércitos que se odian, cascos azules que no saben qué hacer y una cámara transmitiendo en vivo. Esa es la premisa de “No Man's Land” (2001), del bosnio Danis Tanović, probablemente la mejor película sobre cómo el mundo les falló a los Balcanes.
Tanović no la imaginó desde lejos. Durante la guerra filmó el frente como camarógrafo del ejército bosnio, y en su primera película volcó todo lo que vio. El resultado le ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera, ante nada más y nada menos que “Amélie”.
Para entender la película hay que ubicarse. A principios de los noventa, Yugoslavia se desarma y en Bosnia estalla una guerra entre bosnios musulmanes, serbios y croatas, que hasta hacía poco compartían escuelas, barrios y familias. Entre 1992 y 1995 murieron unas 100.000 personas.
Bosnia, 1993. De una patrulla emboscada sobreviven dos: Čiki y Cera (este último herido e inconsciente), atrapados en una trinchera entre los dos frentes. Unos soldados serbios creen que Cera está muerto y le ponen una mina debajo: cuando los bosnios levanten el cadáver, boom.
El problema es que Cera no estaba muerto. Se despierta y descubre que su propio peso es lo único que frena la explosión. Si se mueve, explota. Así que ahí se queda, quieto.
Con ellos queda atrapado Nino, un soldado serbio. Él y Čiki se apuntan, se insultan y discuten quién empezó la guerra, una pelea que ninguno puede ganar porque la razón la tiene el que sostiene el arma. Hasta que descubren que conocían a la misma chica. No pelean contra un desconocido, sino contra alguien que podría haber sido su amigo. Eso fue Bosnia: vecinos que un día compartían el barrio y al siguiente se disparaban.
Sin salida, terminan llamando a la UNPROFOR, la misión de paz de la ONU en Bosnia, y el drama se convierte en una sátira feroz. Un sargento francés quiere ayudar, pero el mandato es ser neutral. Un coronel británico recién se mueve cuando el caso sale en la tele. Las órdenes van y vienen por radio, y Cera sigue ahí, sin poder ni rascarse.
La película no inventa nada. Los cascos azules llegaron a Bosnia para proteger la ayuda humanitaria, no para frenar la guerra: tenían armas livianas, reglas que casi no les permitían usarlas y la orden de no tomar partido.
Si uno ataca y el otro apenas se defiende, ¿se puede ser neutral? Quedarse en el medio también es elegir un lado: el del más fuerte.
La realidad le dio la razón a la película. En 1993, el Consejo de Seguridad declaró a Srebrenica "zona segura" bajo protección de la ONU. En julio de 1995, las fuerzas serbobosnias entraron en la ciudad frente a unos 400 cascos azules holandeses que no dispararon un tiro, y asesinaron a unos 8.000 hombres y niños bosnios. Fue la peor masacre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La ONU estaba ahí. Mirando.
En 1999, la propia ONU publicó un informe reconociendo sus errores. Kofi Annan escribió que Srebrenica pesaría sobre la historia de la Organización para siempre. Años después, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia condenó por genocidio a los líderes serbobosnios Radovan Karadžić y Ratko Mladić.
En la película, la ONU no se mueve por el tipo sobre la mina, sino porque una periodista lo está transmitiendo. Es el famoso "efecto CNN": si una tragedia no sale en las noticias, para el mundo no existe. Y cuando sale, a veces importa más quedar bien frente a la cámara que solucionar el problema.
Hay una escena que pega durísimo: un soldado serbio, en plena guerra, lee en el diario lo terrible que está Ruanda. Él, dentro de una masacre, está mirando otra como si fuera de otro planeta. No es un detalle menor: en 1994, mientras Bosnia seguía en guerra, en Ruanda fueron asesinadas unas 800.000 personas en cien días, y el mundo también miró para otro lado. ¿Cuántas veces miramos nosotros una guerra así?
No todo le sale bien. El coronel y la periodista son casi de comedia, y simplifican una burocracia que fue más compleja que la pura indiferencia. Además, como Čiki y Nino son igual de tercos, la película sugiere que los dos bandos fueron igual de culpables. No lo fueron, y la limpieza étnica contra los bosnios musulmanes lo deja claro. El humor negro, su mayor virtud, a veces borra esa diferencia.
Porque en 98 minutos, casi sin salir de una trinchera, explica mejor que muchos manuales por qué la paz no se sostiene con buenas intenciones. Porque te hace reír, y un segundo después, te deja incómodo. Y porque obliga a hacerse una pregunta que en las relaciones internacionales aparece todo el tiempo: ¿qué significa ser neutral cuando alguien está siendo masacrado?
No te voy a contar cómo termina. Solo que te deja mirando la pantalla en negro un buen rato. Porque esa mina está en Bosnia, pero también en cualquier conflicto que el mundo prefiere congelar antes que enfrentar.
La película salió en 2001, el mismo año en que se formuló la Responsabilidad de Proteger, la idea de que la comunidad internacional no puede quedarse mirando un genocidio. Nació justamente de los fracasos de Bosnia y Ruanda. Pero veinticinco años después, con un Consejo de Seguridad que se bloquea una y otra vez, la pregunta sigue ahí: cuando alguien está acostado sobre una mina, ¿qué hacemos? ¿O directamente cambiamos de canal?
“No Man's Land” (Ničija zemlja, 2001), de Danis Tanović. Oscar a Mejor Película Extranjera.