Una alianza entre rebeldes tuareg y yihadistas de Al Qaeda sacudió los cimientos del gobierno militar de Mali, mató al ministro de Defensa y expuso el fracaso del proyecto militar ruso en el continente africano.
Por Francisco Guzmán

El 25 de abril de 2026, una coalición de rebeldes tuareg y milicias yihadistas vinculadas a Al Qaeda, lanzó la ofensiva más devastadora que ha sufrido Mali en más de una década, poniendo en jaque al gobierno militar del general Assimi Goïta y marcando el mayor fracaso de Rusia en África desde que reemplazó a Francia como principal socio militar del país. Lo que comenzó como un ataque coordinado en el desierto del norte terminó sacudiendo la propia capital del país en cuestión de horas.
La ofensiva fue ejecutada de forma coordinada por dos actores: el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos tuareg que busca la independencia de la región norte del país, y el Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), la principal filial de Al Qaeda en el Sahel. Aunque históricamente rivales, ambos grupos actuaron como aliados de conveniencia con un objetivo común: golpear al régimen de Bamako y expulsar a los militares rusos del territorio maliense. El FLA se concentró en el norte, mientras el JNIM atacó simultáneamente el centro y el sur del país.
El primer gran golpe fue la caída de Kidal, ciudad estratégica en el corazón del desierto que Rusia había recuperado en 2023 con gran fanfarria propagandística. Los paramilitares rusos del Africa Corps —sucesor del grupo Wagner— optaron por retirarse antes que enfrentar a los atacantes, abandonando posiciones que habían costado vidas y millones de dólares. Fue la primera vez que Rusia cedió territorio frente a una insurgencia en África, y la imagen de sus fuerzas replegándose resonó en todo el continente.
El segundo golpe fue aún más devastador: un terrorista suicida detonó un coche bomba contra la residencia del ministro de Defensa, el general Sadio Camara, en Kati, a solo 15 kilómetros de Bamako. Camara, de 47 años, fue uno de los arquitectos del golpe de Estado de 2020, dominaba el idioma ruso y era el enlace clave de la alianza con Moscú. Falleció en el ataque junto con su esposa y al menos dos nietos. El jefe de inteligencia, Modibo Koné, resultó gravemente herido. El propio presidente Goïta se encontraba fuera del país cuando ocurrió todo esto.
El JNIM declaró el asedio sobre Bamako, con combatientes operando en sus periferias durante días. Los tuareg del FLA anunciaron su intención de avanzar sobre Tombuctú y Gao. El Estado Mayor maliense insistió en que la situación estaba bajo control, pero los combates continuaban en múltiples frentes al mismo tiempo.
Para entender por qué esto es tan relevante, hay que retroceder a 2021. Tras el golpe que derrocó al gobierno de Ibrahim Boubacar Keita, la junta rompió con Francia —que tenía miles de soldados combatiendo el yihadismo en el Sahel— y contrató al Grupo Wagner, la empresa de mercenarios rusos fundada por Yevgeny Prigozhin. Cuando Prigozhin murió en 2023 tras su fallida rebelión contra Putin, Wagner fue reemplazado por el Africa Corps, controlado directamente por el Ministerio de Defensa de Moscú. La junta apostó todo a esta alianza como alternativa a Occidente.
La apuesta prometía mucho. En 2023, las fuerzas malienses y rusas recuperaron Kidal, el único triunfo militar exhibible por Moscú en el país. Pero la ilusión duró poco. El analista Wassim Nasr, del Soufan Center de Nueva York, lo resumió sin rodeos: la violencia indiscriminada atribuida al Africa Corps habría empujado a más poblaciones hacia el JNIM y el FLA. Además, Malí duplica en superficie a Ucrania y los 2.000 efectivos rusos desplegados carecen de la inteligencia y logística que tenían los franceses y los estadounidenses. El costo total para Bamako: entre 500 y 900 millones de dólares desde 2022.
La situación actual tiene un espejo histórico casi exacto: en 2012, una alianza similar entre el MNLA y grupos yihadistas capturó Tombuctú, Gao y Kidal, y desencadenó un golpe de Estado en Bamako. Los tuareg llegaron a declarar la independencia del Azawad, que abarca el 60% del territorio maliense, hasta que Francia intervino militarmente en 2013. Un acuerdo de paz mediado por Argelia en 2015 prometía autonomía para el norte, pero nunca se implementó plenamente. Esa promesa incumplida es una de las raíces del conflicto actual.
Hoy, la diferencia clave es que el objetivo ya no es solo tomar el norte: el JNIM busca golpear el corazón del poder en Bamako, en lo que analistas comparan con la caída del régimen sirio a finales de 2024. La táctica cambió, la ambición creció y el Estado maliense parece cada vez menos capaz de responder.
Mali forma parte de la Confederación de Estados del Sahel (AES), bloque fundado en 2023 junto con Burkina Faso y Níger, tras la salida de los tres países de la CEDEAO. Los tres tienen pacto de defensa mutua y denunciaron la ofensiva como un "complot monstruoso". El temor principal es que, si el JNIM consolida el control del centro y sur de Mali, el país se convierta en una plataforma para expandir el terrorismo hacia el Golfo de Guinea, región hasta ahora relativamente estable.
En medio del caos, Marruecos observa con atención. Su Iniciativa Atlántica propone ofrecer a los países sin salida al mar del Sahel acceso a puertos en el Atlántico para fomentar el desarrollo económico. El declive ruso abre una ventana para que Rabat se posicione como el socio regional más confiable. Argelia, en cambio, sale perdiendo: comparte más de 1.300 kilómetros de frontera con el Azawad, y su rol como mediador del acuerdo de paz de 2015 ha colapsado por completo. La inestabilidad en su frontera sur representa una amenaza directa e inmediata a su seguridad nacional.
Mali se encuentra hoy en un punto de quiebre. Con el ministerio de Defensa sin cabeza, un ejército desbordado, un socio ruso en retirada y una alianza rebelde-yihadista que opera con una eficacia sin precedentes, el futuro del Estado maliense —y de toda la región del Sahel— pende de un hilo. La gran pregunta es si la junta del general Goïta podrá sobrevivir a este golpe, o si estamos ante el inicio de un colapso estatal que podría desestabilizar a toda África Occidental.