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¿Le queda un truco al mago?
Internacional

¿Le queda un truco al mago?

Israel vuelve a votar el 27 de octubre con un Netanyahu golpeado, una oposición que encabeza las encuestas sin alcanzar los números para gobernar y un puñado de partidos que, por ahora, prefieren no comprometerse con nadie.

Por Francisco Bernabe

14 de octubre de 2026, 22:44 GMT-3
¿Le queda un truco al mago?
7 min de lectura

Una función más

En Israel lo apodan “El Mago”, y basta repasar su trayectoria para entender por qué, habiendo sobrevivido a juicios, a coaliciones que se desarmaban de un día para el otro, y hasta a una salida del poder en 2021 al que volvió, como si nada, un año y medio después. Esta vez, sin embargo, el número parece bastante más difícil, porque las elecciones del 27 de octubre llegan cargadas de un sentido que excede la competencia entre partidos, funcionando en la práctica como un plebiscito sobre su figura, y sobre todo lo que vivió Israel desde la guerra en Gaza.

El problema de fondo es que Netanyahu construyó su carrera vendiendo una sola idea: ser el único capaz de cuidar a los israelíes. Pero esa idea se rompió el 7 de octubre de 2023, dejando una herida que tres años de guerra en distintos frentes no lograron cerrar. Tal vez por eso, el hombre que gobernó con una de las coaliciones más derechistas de la historia del país ahora habla de unidad nacional, buscando parecerse a un candidato de consenso, justo cuando más le cuesta convencer de serlo.

La coalición que se rompió en el cuartel

Lo más llamativo es que al gobierno no lo tumbó la oposición, ya que el golpe vino de sus propios socios, los partidos ultraortodoxos, cansados de esperar una ley que mantuviera a sus jóvenes lejos del servicio militar. Cuando sus líderes religiosos dieron por rota la confianza con el primer ministro, Netanyahu hizo lo que mejor sabe hacer, adelantándose a la caída para elegir él mismo cómo y cuándo ocurriría.

Así, el reclutamiento dejó de ser una pelea de pasillo para convertirse en uno de los ejes de la campaña política. Esto es lógico en un país que lleva años pidiéndole sacrificios enormes a sus soldados y reservistas, mientras un sector entero queda eximido del uniforme. Ahí aparece una contradicción que Netanyahu todavía no resolvió: necesita a los ultraortodoxos para volver a gobernar, aunque dentro de su propio partido crecen las voces que ya no están dispuestas a sostener ese privilegio.

Un general, dos ex primeros ministros y ninguna mayoría

Enfrente se paró alguien que parece diseñado para incomodarlo: Gadi Eisenkot, exjefe del ejército, hijo de inmigrantes marroquíes y padre de un soldado caído en Gaza, que pasó por el gabinete de guerra y se fue criticando la conducción del primer ministro. Su historia personal habla directamente a los votantes mizrajíes, históricamente fieles al Likud. Si llegara a gobernar, sería el primer líder de ese origen en la historia del país, dado que se trata de un general de línea dura cuyo eventual triunfo difícilmente cambiaría el tono de Israel hacia sus vecinos.

La otra apuesta opositora fue la de Naftali Bennett y Yair Lapid, los mismos que ya habían desplazado a Netanyahu en 2021, que en abril decidieron unir fuerzas bajo el nombre de Beyachad (“Juntos”), en un acuerdo que tiene más de necesidad que de convicción, y que deja abierta la puerta para separarse apenas se cuenten los votos.

Las encuestas, por su parte, muestran un país partido al medio, con oficialismo y oposición prácticamente empatados y ninguno cerca de las 61 bancas que hacen falta para gobernar. Lo más curioso aparece cuando se pregunta por nombres propios, porque Netanyahu sigue siendo el preferido de forma individual aunque pierde cuando se lo enfrenta mano a mano con Eisenkot o con Bennett, una paradoja que resume claramente el momento israelí, con una mayoría que quiere un cambio y no logra ponerse de acuerdo en quién debería encarnarlo.

Irán, el indulto y un amigo incómodo

La guerra contra Irán, lanzada junto con Estados Unidos a fines de febrero, tendría que haber sido la gran carta de un dirigente que pasó décadas advirtiendo sobre Teherán. Sin embargo, terminó jugándole en contra cuando Washington cerró un entendimiento con los iraníes sin sentar a Israel en la mesa, provocando críticas que fueron desde la derecha al centro, y que golpearon justo donde Netanyahu más necesitaba protegerse: su imagen de garante de la seguridad.

A eso se suma el frente judicial, donde Trump salió a presionar públicamente al presidente Isaac Herzog para que lo indulte. Mientras tanto, éste último prefirió postergar cualquier decisión y apostar a un arreglo entre la fiscalía y la defensa, dejando a la vista una relación con Washington tan estrecha como ambigua, porque el mismo aliado que lo defiende con entusiasmo es el que firmó con Irán un pacto que muchos israelíes viven como una derrota.

Los que deciden no decidir

El dato más interesante de los últimos días es que los partidos ultraortodoxos estarían pensando en no apoyar a nadie después de las elecciones, ni a Netanyahu ni a Eisenkot, quedándose en la oposición hasta que se resuelva la cuestión del servicio militar, una postura que parece neutral y puede terminar definiéndolo todo, porque deja a ambos bloques mirando hacia el único actor capaz de desempatar, los partidos árabes.

La oposición ya juega con esa posibilidad, imaginando incluso un gobierno en minoría sostenido desde afuera por el partido islamista Ra’am, aunque choca con una sociedad que mayoritariamente rechaza ver a un partido árabe dentro de la coalición y con aliados como Avigdor Liberman, que no quieren saber nada con esa opción. Netanyahu lo sabe muy bien, y por eso la frase inicial funciona menos como diagnóstico que como advertencia al votante judío de centro, a quien intenta convencer de que votar en su contra equivale a entregarle el poder a Jabareen, quien por cierto le contestó invitándolo a ir armando las valijas.

La elección que empieza el 28

Hecho el repaso, me animo a dar mi opinión. Creo que, si bien el 27 de octubre se van a contar los votos, el próximo gobierno de Israel va a definirse mucho tiempo después, en una negociación que puede extenderse durante meses y en la que Netanyahu juega con una ventaja que ningún rival tiene, la de seguir siendo primer ministro interino mientras nadie logre reunir una mayoría. Ese es probablemente el último truco del mago: ya no necesita ganar elecciones para seguir en el poder, le alcanza con que nadie más las gane, apostando a que sus adversarios terminen haciendo entre ellos lo que las urnas tal vez no se animen a hacer, que es dejarlo exactamente donde está.

La oposición enfrenta, entonces, un desafío más difícil que superar al Likud en las encuestas. Es el de demostrar que un general de centro, un ex primer ministro de derecha, un liberal laico, un nacionalista como Liberman y, eventualmente, un partido islamista pueden sostener algo más que un rechazo compartido, sabiendo que en 2021 lo intentaron y que aquel experimento terminó, poco más de un año después, con el regreso de Netanyahu. Sea cual sea el desenlace, lo que se define en Israel excede largamente sus fronteras, porque está en juego si el ciclo abierto el 7 de octubre se cierra con un cambio de liderazgo o con la confirmación de que en la política israelí sobrevivir sigue siendo la forma más eficaz de ganar.

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